Por fin es de noche,
estás deseando llegar a tu cama,
tu fiel compañera,
tu fiel consejera.
Te da igual que la habitación esté patas arriba,
lo único que quieres es meterte en ella,
taparte con la manta hasta el cuello y pensar.
Quieres que la almohada haga el trabajo por ti,
que arregle tus problemas en un abrir y cerrar de ojos,
que te aclare todas tus ideas y te diga qué es lo correcto.
Y es que, cuando quieres llegar a una conclusión, ya estás demasiado dormida como para salvar el mundo.
Y así, pasas noche tras noche mientras tu almohada aguanta tus lágrimas, tus sonrisas y guarda tus secretos.

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